Su primera baja

La guerra albertista ya tiene su primera baja

La unidad sirve si le resolvemos algunos problemas al pueblo, si se los agravamos no sirve para nada”. Con calma pero terminante, Cristina Fernández de Kirchner exponía la fractura de su experimento político. Fue el martes 15, en el Senado, ante una veintena de oídos de representantes de organismos de derechos humanos que fueron a darle su apoyo por el ataque a su despacho.

No fue una frase al pasar ni un exabrupto. Según el relato de testigos de ese cónclave, la vicepresidenta no exhibió pruritos para criticar al Gobierno. A su gobierno, pese a que ya no lo considera de esa manera. “Está todo roto eso”, concluyeron varias de las personas que la escucharon despotricar allí contra Alberto Fernández.

Su inquina hacia el Presidente viene en alza sin pausa desde hace tiempo. Se aceleró con la escueta, para su gusto, reacción de Alberto F ante la agresión a su oficina senatorial: “Me mandó un telegram para poder contárselo a los periodistas”, le dijo a gente de su confianza. Días después, la portavoz presidencial Gabriela Cerruti blanqueaba en público la existencia de ese mensaje y, sobre todo, la falta de respuesta de CFK.

Uno de sus halcones, el referente camporista Andrés “Cuervo” Larroque, hasta lo había proclamado en un tuit, en el que se quejaba del silencio oficial ante la agresión. Ella, en privado, puso nada menos que a Sergio Massa como la antítesis de lo que esperaba del Presidente: “Dejó el recinto de Diputados y vino a verme apenas le dijeron del ataque”.

Esta sucesión de desencuentros entre el jefe de Estado y su vice no es nueva. Ya se ha contado en este espacio que Máximo Kirchner solía llamarlos Pimpinela, por el dúo musical de los hermanos Galán cuyo mayor éxito era un tema donde vivían discutiendo. Ahora, el ex jefe del bloque del Frente de Todos en Diputados califica al Presidente con motes más agresivos. No hace falta que los mencionemos aquí.

Sucede que este deterioro entre el uno y la dos del Gobierno tiene un in crescendo continuo en lo personal, en lo político y en la gestión, con consecuencias difíciles de prever en medio de una crisis como la que vive la Argentina.

«La unidad sirve si le resolvemos algunos problemas al pueblo, si se los agravamos no sirve para nada», dijo Cristina Fernández de Kirchner a dirigentes que la visitaron.

Por caso, el Presidente se vanagloria en Olivos de la diferencia obtenida a favor del acuerdo con el FMI más en el Senado que en la cámara Baja (la misma Cerruti lo dio a entender en una entrevista radial). La razón es obvia: son los dominios de CFK, que se ausentó del recinto especialmente a la hora de la votación y evitó poner su firma en la sanción. En ambos casos el cuerpo lo puso la santiagueña Claudia Ledesma Abdala, presidenta provisional.

En los últimos días, el cristinismo ha sido raleado de cualquier encuentro liderado por Alberto F. Ocurrió en la inauguración de una estación de tren en Tortuguitas, el miércoles, donde anunció su desafortunada “guerra” a la inflación. O en su visita a Salta y Tucumán, el jueves y viernes, junto a Massa y al aún jefe de Gabinete formal, Juan Manzur (quien aprovechó para quedarse el fin de semana en su terruño pese a lo delicado del momento).

De esta lógica no escapó siquiera la larga reunión del gabinete económico que se celebró el viernes en Olivos, previa al discurso presidencial. Dieron el presente los ministros Martín Guzmán, Matías Kulfas, Julián Domínguez, Claudio Moroni y la jefa de la AFIP, Mercedes Marcó del Pont. Llamativamente también participaron el canciller Santiago Cafiero y su segunda, Cecilia Todesca Bocco.

Lo llamativo muta a curioso cuando en ese cónclave no estuvieron dos funcionarios cercanos a Cristina y que algo podrían haber aportado a la discusión sobre la inflación: el secretario de Comercio, Roberto Feletti, y el de Energía, Darío Martínez (quien además había hecho en la semana un reclamo por fondos a Guzmán).

No necesariamente se puede atribuir a estos cortocircuitos la deficiente tarea del Gobierno en materia inflacionaria, tema por el que nuestro país pena desde hace décadas y sobre el que esta gestión no puso ímpetu con diferentes excusas. Pero sí es seguro que poco han contribuido, en especial para definir líneas de acción.

Esa lógica dañina para tomar decisiones y ejecutarlas parece estar lejos de despejarse. Más bien, todo lo contrario. Es que la propia CFK cree que el Gobierno se puso solito la soga al cuello con este acuerdo con el Fondo. Y que es hora de que, una vez que el FMI lo convalide el viernes 25, ella salga a decirlo con todas las letras. Por escrito.(perfil.com)

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