Alberto Fernández completó su visita a México con varios y significativos trazos sobre su política exterior, es decir, el reacomodamiento en el tablero regional y latinoamericano, y también la relación que empieza a ser armada con Estados Unidos. Era esperable en el discurso y en los gestos concretos, que suelen decir más que las aparentes contradicciones. Y era previsible por el tono general de su visita, incluida la exposición más política que académica en la UNAM. Más llamativo fue hasta qué punto llevó su defensa de Cristina Kirchner. Un gesto con explicación de naturaleza interna, pero de ineludible lectura como mensaje a jueces federales.

Esas definiciones, destacan en medios del PJ y algunos cercanos a su propio círculo, se dan en un contexto amplio sobre las causas por corrupción. Datos y versiones, quizás de repercusión social acotada, pero que son registrados en detalle camino a la Casa Rosada. Hacia afuera, por ejemplo, impactan especialmente declaraciones provocativas de algún jurista o de una figura del espectáculo. Hacen ruido, inquietan. En el interior, en cambio, repican especialmente reclamos como los de Julio De Vido o nuevas señales de Amado Boudou, además de mensajes que, se dice, de manera más reservada suelen registrar algunos operadores de viejo andar en el peronismo porteño.

Alberto Fernández limita lo más posible sus definiciones a la situación de CFK. Se trataría de una cuestión que lo incomoda, hasta lo fastidia, pero que reaparece naturalmente en entrevistas o exposiciones en conferencias ante la prensa. El presidente electo, además, elude generalizar sus dichos a ex funcionarios involucrados en diversos casos, varios de ellos detenidos.

 
Fernández limita lo más posible sus definiciones a la situación judicial de CFK (Reuters)
Fernández limita lo más posible sus definiciones a la situación judicial de CFK (Reuters)
 

Con todo, el recorrido de sus declaraciones es significativo. No se trata del contrapunto con dichos de los años de mayor distanciamiento y crítica dura a la ex presidente. Se trata, en realidad, del modo en que profundizó su posición –desde su acercamiento a CFK y aún antes de ser consagrado candidato-, primero con cuestionamientos puntuales y razonables a algunos procesos judiciales, y ahora con una defensa cerrada y la descalificación global de todas las causas.

Al menos en la superficie, es un tránsito llamativo. Los primeros pasos exponían también otros rasgos de moderación, con defensa cuidada de algunas de sus viejas críticas a la gestión cristinista. Eran gestos atribuidos a la campaña pero que, llamativamente, parecieron abandonados en el capítulo definitorio y sensible de la campaña, es decir, entre las PASO y las elecciones generales. “Cristina Kirchner y yo somos lo mismo”, fue la frase más expresiva. Es un interrogante abierto, pero nada desdeñable, cuánto pesó ese giro en el estancamiento y hasta en cierta baja en el resultado de octubre –comparado con las cifras de las primarias- y en la mejora de Mauricio Macri.

Una clave, algo forzada como análisis, es la siguiente: los gestos, sobre todo los últimos, podrían estar dirigidos a cerrar filas para evitar recelos mientras se terminan de definir los asientos de su gabinete y, más aún, los planes para enfrentar un arranque de gestión que todo indica sería duro y difícil en materia económica y social. Eso podría explicar también las declaraciones hechas en estas horas por Santiago Cafiero, ratificando por supuesto que la designación de ministros es tarea del presidente electo –más allá de las versiones sobre algún veto- y destacando que CFK tendrá “un rol central” en el oficialismo que viene.

El camino discursivo de Alberto Fernández en materia judicial es, de todos modos, difícil de interpretar únicamente en función de la interna. Y aun aceptando ese criterio, resulta evidente que cada palabra suya tiene eco en el mundo de la Justicia y sobre todo entre los jueces federales de Comodoro Py.

Los primeros y atendibles cuestionamientos de Fernández, desde hace mucho tiempo, apuntaban a la aplicación bastante laxa o generalizada de la figura cautelar de la prisión preventiva. Es un problema -de alto impacto en causas por corrupción- que incluye y supera largamente al fuero federal. Las críticas remiten al peligro de un uso arbitrario que fuerce o desconozca las garantías elementales de los procesos.

 
"Cristina Kirchner y yo somos lo mismo", dijo Fernández durante la campaña (Frente de Todos)

Por supuesto, cada caso requeriría analizar si existen o no los elementos para aplicar prisión preventiva, pero en líneas generales es un tema de cuidado. Los posteriores cuestionamientos, en cambio, fueron saliendo del molde judicial para tratar de blindar todo detrás de la categoría de persecución político-judicial.

En zona de frontera quedó la aplicación de criterios razonables para algunos casos –si no existieran elementos que sostengan intencionalidad delictiva- vinculados a los efectos negativos para el Estado de algunas medidas administrativas. En esa línea, se argumenta contra la causa del dólar futuro. Más polémico resulta el intento de descalificar otras causas esgrimiendo que la delegación de funciones exime de responsabilidades directas a un presidente frente a la aplicación de decisiones propias o presupuestarias que terminan en prácticas corruptas, como en variadas obras públicas.

Pero con exposición muy amplia y de alto impacto en México, Alberto Fernández redondeó la presentación de todas las causas que enfrenta la ex presidente como parte de un articulado plan de persecución. Y en esa línea, sostuvo que los casos se armaron con “muchas mentiras” y “pruebas inexistentes”. Sería la coronación ya no de argumentos jurídicos, sino estrictamente políticos.

La cuestión es que ya no lo dice un político desde el llano; no es un capítulo cualquiera de una polémica. Lo dice el presidente electo. Y su oleaje podría potenciar otros dichos: en las últimas horas, por ejemplo, Eugenio Zaffaroni sostuvo que la causa de los cuadernos de las coimas es un invento y que los periodistas que investigaron y difundieron el tema “tienen que ser investigados”.

No se trata de declaraciones sueltas de algún actor, de un cómico, de un escritor o de un jefe sindical. ¿Pueden seguir siendo tomadas como expresiones marginales de una franja política? El camino de ascenso al poder amplifica sus efectos, del mismo modo que ese poder podría descalificarlas y aislarlas, dejarlas fuera de juego.(Fuente: infobae.com)

 

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